
CORREO DE MUNICH
Doscientos años después:
Napoleón gana la batalla de Jena
con soldados de 18 países
Isis Wirth

Los cañones disparan sin cesar, la humareda blanca dificulta la visibilidad. Para conseguir ese humazo (pues no hay balas en los disparos) los cañones se rellenan con periódicos viejos, papeles, paja, heno. Aun así, el estruendo que producen es verdadero y, como debe ser, ensordecedor. Los más potentes provocan un sobresalto literal, el de la sensación que el pecho se está partiendo en dos.

Los caballos, si bien han sido entrenados previamente para soportar la agresión auditiva, se encabritan en ocasiones. Pero los jinetes saben cómo controlarlos, y el que se encabriten —o que caigan, o que lamentablemente se hieran— es un elemento más de veracidad.
Sin que la carga de artillería se detenga, un escuadrón de húsares enemigo irrumpe en línea. Logran avanzar, aunque algunos caen. Pero entonces arriba un regimiento de granaderos nuestro, y los húsares comienzan la retirada.
¿Qué ha sido ese movimiento de tropas? La niebla espesa no ha permitido reconocerlas. ¡Ah, ese impetuoso de Ney, el mariscal, cierto es que es el bravo entre los bravos —como lo llama el Emperador—, ha pasado, sin darse cuenta, entre los cuerpos de otros dos mariscales franceses, Lannes y Augereau, y ha atacado el villorrio de Vierzehnheiligen sin instrucciones! Aquí las fuerzas enemigas, las prusianas, son superiores. Felizmente, Lannes puede llegar a tiempo para socorrer a Ney. Ambos logran tomar el villorrio. La batalla de Jena se decide en este instante.
Instante que se repetirá, pero a la inversa, nueve años después… en Waterloo. Grouchy, el retrasado —existen, dicen, documentos que atestiguan que su reloj se había roto pero no encontró un relojero para repararlo— más famoso de la historia, llegó demasiado tarde para socorrer a Ney.
Pero ahora, ¡realmente ahora!, estamos en Jena. Aquí, es el prusiano Rüchel quien se atrasa. Cuando al fin aparece, es rodeado por los cuerpos de Soult, el propio Lannes y Augereau. La resistencia prusiana irremisiblemente se detiene.
Lo que resta del ejército de Hohenlohe emprende no una retirada, sino una fuga sin esperanza hacia Erfurt. Oímos a los músicos de la Guardia Imperial atacar La Marsellesa. (Pinche en la bandera francesa, en La musique y en Plácido Domingo para escucharla.)
El Emperador, rodeado de su Guardia, y secundado por su Estado mayor, recorre con la aureola de su triunfo el campo de batalla. «¡Viva el Emperador!», grita a su paso la mayoría.

Pero, hacia un costado, el más lejano desde nuestro punto de vista, creemos oír cómo es abucheado. Son varios entre los alemanes (los actuales) que han reaccionado visceralemente: la derrota en la doble batalla de Jena-Auerstedt, el 14 de octubre de 1806, fue la más estrepitosa debacle militar en la historia de Prusia.
Ya hemos dicho que estamos en Jena, en la batalla, sólo que doscientos años después. Es un ejercicio de pasión, que permite un viaje en el tiempo. Tal es la intensidad de este viaje que muchas veces la frontera con nuestro tiempo real se desvanece. No solamente porque el objetivo sea la inmersión en el pasado, sino por las respuestas acaso inusitadas que provoca. Por ejemplo, esos ciertos abucheos al Emperador por parte de algunos alemanes, pero también los espontáneos «¡Vive l’Empereur !» con que es saludado por doquier que se desplaza, fuera del campo de batalla. O las lágrimas en los ojos de los recios soldados, los legendarios grognards de Napoléon, al día siguiente de la batalla, en la ceremonia por la paz en Vierzehnheiligen.
Ceremonia que en este caso no ocurrió doscientos años atrás, pero que naturalmente hoy se impone el efectuarla. Sobre todo, si se trata de la rememoración de una batalla entre franceses y alemanes…
La reconstitución de la batalla, en el mismo terreno en que tuvo lugar, fue posible gracias a 1305 reconstituyentes de 18 países: Bélgica, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, Letonia, Luxemburgo, Malta, Holanda, Austria, Polonia, Portugal, Rusia, España, Chequia, Ucrania, Estados Unidos de América y Alemania. Trajeron consigo sus caballos (116) y los cañones (24), asi como las armas. Tanto éstas como los cañones deben guardar la mayor fidelidad posible con las utilizadas en la contienda napoleónica. De ahí que los reconstituyentes las fabriquen casi siempre ellos mismos, con la ayuda de fundidores y otros técnicos.
Los reconstituyentes no son actores. Ni siquiera son pagados por lo que hacen, aun si la entrada para presenciar la batalla (fueron más de 20.000 espectadores) osciló entre 60 y 45 € . Más aun, utilizan su tiempo libre y su dinero en confeccionarse uniformes, fabricar armas y acudir a la reconstitución.
Un actor, como es sabido, encarna un personaje u otro. Aun si los asume, está actuando. El reconstituyente no representa su personaje, sino que cómo cree tan profundamente en la era napoleónica encuentra en la identificación total con ella un medio acaso de exorcizarla. Desde luego, tal exorcismo conduce a volver a vivir el pasado.
El reconstituyente se esmera en que su uniforme sea el mismo que el de doscientos años atrás. En un filme, casi siempre el vestuario de época es tan sólo aproximativo. El reconstituyente, en cambio, busca el hilo más similar, el botón más auténtico, el cordón más parecido, la tela más adecuada, la pluma más indicada, la piel más veraz. Stanley Kubrick, que para su Napoléon nunca filmado archivó durante años cientos de diseños de uniformes en la búsqueda de la perfección, hubiese encontrado en un solo día de reconstitución napoléonica los trajes de su película.
La verosimilitud respecto del uniforme y el armamento se extiende a los cabellos y su peinado, por supuesto; pero también a los alimentos, las bebidas que se ingieren y a la forma de prepararlos en el vivac. Aquí, las tiendas y la disposición de cada arma, cada utensilio, son reproducidos con minuciosidad obsesiva. Como asimismo la disciplina —que es militar— en el acampado, el sonido de las trompetas y tambores, los horarios estrictos, del mismo modo que en el original.
Regresión que comprende los cuidados médicos y la cirugía militar del período. La única diferencia, ¡afortunadamente!, radica en que los heridos, los muertos y los amputados son simulados.
No obstante, el combate en la reconstitución produce heridos —ligeramente— y caballos dañados en la refriega. Los incendios son reales, siguiendo los que sucedieron. Pero un fuego no previsto en el guión puede desatarse, como fue el caso en Jena. Accidentes que son inevitables, pero que a su vez indican el tiempo presente de la acción. Tanto, que aunque la reconstitución se desarrolla al milímetro —desde luego, adecuando la cantidad de participantes en proporción con los cientos de miles de la batalla histórica— en la misma configuración que su referente real, ha acontecido que el decurso de este último ha estado a punto de ser cambiado porque los reconstituyentes, absortos en su faena, han luchado mejor que sus similares dos siglos atrás.
¡Cambiar la historia! A veces los reconstituyentes, en su dimensión interior, han estado cerca de esta vieja quimera humana… Un joven napoleónico alemán, presente en Jena, nos dijo: «¡Con este Napoléon que ahora tenemos (se refería al estadounidense Mark Schneider), hubiésemos ganado en Waterloo!»
El alma del mundo
Ejecución metafórica de los apasionados por Napoléon que se alinea en el credo del Emperador: «La imaginación es el señor del mundo. Los napoleofílicos comprenden bien de qué se trata. «La única manera de hablarles a los hombres es dirigirse a su imaginación», decía también Bonaparte. Los reconstituyentes y el resto de los apasionados hoy día hablan por la imaginación que Napoléon despertó. En Jena, pero en la víspera de la batalla, el 13 de octubre, Napoléon también despertaba en alguien una extraña teoría, la del fin de la historia.
Ese alguien se llamaba Georg Wilhelm Friedrich Hegel, a la sazón profesor de la Universidad de Jena —ha perdido su empleo ya ese día aunque aún no lo sabe. El filósofo creó su propia leyenda con la terminación del manuscrito de la Fenomenología del espíritu, su obra cumbre y la fundación de la filosofía moderna occidental. Hegel adujo que finalizó el manuscrito el 13 de octubre, luego de que ve a Napoléon. La batalla y Napoléon eran la evidencia que necesitaba para cerrarlo.
Los biógrafos de Hegel por su parte alegan que Herr Professor debía ese mismo 13 de octubre remitir el manuscrito a su editor en Berlín, y que por lo tanto tuvo que haberlo culminado antes de que viese a Napoléon, hacia el mediodía del 13.
Lo cierto es que cuando ve a Napoléon, Hegel tiene el manuscrito bajo su brazo. ¿Irá después al correo y en el camino lo finalizará, después de haber vislumbrado al Emperador?
Lo cierto es que el manuscrito fue lo único que pudo salvar de sus pertenencias. Gracias a la ocupación francesa (Lannes ya había tomado la villa de Jena), su casa ha sido incendiada y robada por la soldadesca. Sin embargo, corre como un poseso a tratar de ver a Napoléon, quien ignora todo del filósofo. No así a Johann Wolfgang von Goethe, en ese momento en la muy cercana Weimar. Napoléon pretendió una entrevista con el poeta, pero éste, prudente, se excusó con una indisposición propicia. No será sino en 1808 que el Emperador y Goethe se encontrarán en Erfurt.
Apenas Hegel ve a Napoléon (en el cruce de las calles Unterlavehgasse y Unterm Markt, donde estuvimos el pasado 13 de octubre), le escribe a su amigo Niethammer, en Munich: «He visto al Emperador —esa alma del mundo— salir de la ciudad para pasar revista a sus tropas; es una sensación maravillosa ver a un hombre como él que, concentrado aquí en un punto, a caballo, se extiende por el mundo y lo domina».
¿Escribió la carta a Niethammer antes de llegar al correo para enviar el manuscrito, y de paso lo finalizó?
¿Por qué esta obnubilación sin límites hacia el hombre que ha venido a conquistar a su país y que ha alterado su vida?
Napoléon no podía tener idea alguna de lo que iba a provocar en el cerebro en ebullición del filósofo.
Para Hegel, la historia universal culmina en Jena; doctrina del fin de la historia que influenciará a varias generaciones de pensadores futuros (entre ellos, Karl Marx), hasta el contemporáneo Fukuyama.
Hegel entendió que con la batalla de Jena-Auerstedt, que borró del mapa durante un buen tiempo a Prusia («Napoléon no tuvo necesidad de algo más que soplar para que Prusia desapareciera», dijo el escritor Heinrich Heine, ¡otro alemán !), se había alcanzado la supresión dialéctica de la relación entre el señor y el esclavo.
Luego, Hegel diseña una concepción dual de la realización y de la concepción a su vez de la síntesis final que engendra el fin de la historia. En este
esquema, el intelectual capaz de concebir y de aprehender tal síntesis es el propio Hegel. Pero, ¿quién es capaz de realizarla? Napoléon. La victoria del Emperador, el 14 de octubre, lo prueba. Sin embargo, Hegel no espera al desenlance de la batalla. El día antes halla, según él, la piedra de toque de su filosofía, sólo porque ha oído el ruido de los cañones y ha visto al alma del mundo.
Hegel magnificó al espíritu absoluto del Emperador. O esa Weltseele que se extendió de nuevo, por medio de la reconstitución, para habitar en cada uno de nosotros.

© Isis Wirth
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