
CORREO DE PARÍS
París por entregas
II. Conversión
William Navarrete
París es una ciudad de conversiones. Desconozco las cifras, pero al parisino de pura cepa se le ve poco, y a veces, nunca. Aquí lo asombroso no es encontrar gentes que vengan de una isla remota del Pacífico sino dar con alguien que reconozca que sus raíces parisinas hurgan, en el tiempo, más allá de la célebre Noche de San Bartolomé. El nominal, al menos a mis oídos, suena mal o simplemente no suena: convertidos. Pero de eso de trata, que no de conversos, ni mucho menos de esos conceptos desgastados de sincréticos, transculturados, aculturados y otros, que cierta crítica sociológica hispanoamericana ha utilizado hasta la saciedad y el aburrimiento.
Cualquier ciudad populosa, se dirá, está expuesta, como París, a idénticas circunstancias. Nueva York, Londres, Los Ángeles también llevan en sus arterias una muchedumbre heterogénea de invasores en versión contemporánea. Mas, lo que distingue justamente (o distinguía, pues las cosas han ido cambiado con rapidez vertiginosa en menos de una década) al convertido de París del de estas grandes urbes es, justamente, el hecho de que en esta ciudad, la conversión no es una opción sino una condición para sentirse, algún día y en lo que cabe, parte de la gran Lutecia.
Recientemente la escritora argelina Assia Djebar, primera mujer musulmana que ocupa un sillón bajo la cúpula de la encumbrada, selecta e histórica de la Academia de la Lengua Francesa y autora de un sinnúmero de novelas en francés, daba la clave. En una entrevista que ofreció en 2002 cuando se le otorgó el Premio de la Paz por su combate en favor de la emancipación de la mujer en su país de origen, expresó, sin complejos, que escribía en la lengua del antiguo colonizador, convertida irreversiblemente en lengua de su pensamiento, mientras que seguía amando, sufriendo, y (en ocasiones) rezando en su lengua árabe materna.
La cultura francesa es prolífica en ejemplos como el aquí expuesto. El visitante que llega a París sólo verá la punta del iceberg, digamos la parte visible que la ciudad ofrece. Si hurga un poco más, si lee retrospectivamente las páginas de historia que exponen a diario sus monumentos, entenderá que el vehículo de fusión entre las culturas foráneas y la del hexágono francés, el elemento de unificación por excelencia, no ha sido otro que la lengua francesa. En ella, como en un ejercicio de aritmética pura, de exactitud que recuerda las leyes geométricas, se asientan los códigos que hacen de Francia el primer Estado unificado de Europa, a la vez que aquello que suele evocarse bajo el título de «la excepción francesa».
Nada de esto podrá entenderse en un viaje apresurado. No bastará mirar, como si de vitrinas se tratase, las fachadas de París, ni contentarse con saber que muchos artistas italianos del Renacimiento se cobijaron bajo la protección de las casas reinantes de los Capetos. Habrá que detenerse con mirada reflexiva, por ejemplo, ante algún óleo de Théodore Chassériau (1819-1856) concebido para una iglesia parisina, para entender que la amalgama de culturas llegadas de los cuatro puntos cardinales del orbe benefició muy positivamente a Francia que, en su obsesión unificadora, hacía que se incorporaran al molde preestablecido por la elite del país.
Nacido en Santa Bárbara de Samaná (actual República Dominicana), Chassérieu descendía de un matrimonio mixto entre un plantador francés del Caribe y una mulata de Santo Domingo. A pesar de haber llegado a París con sólo catorce meses toda la obra que realizará más tarde, durante su carrera artística, refleja la conciencia plena de su cultura híbrida. Alumno de Ingres, su estilo intenta despojarse en alguna medida de la rigidez del neoclásico tomando del Romanticismo la visión y refugio nostálgicos de épocas remotas. El Romanticismo, en estas circunstancias, constituyó el primer indicio visible del envejecimiento de Europa y su necesidad de renovarse siempre, hurgando en su propio pasado.
De ello hallaremos alguna resonancia en Bautismo del eunuco de la Reina de Etiopía, obra de extrema solidez en el dibujo terminada por Chassériau en 1853, tres años antes de su muerte, que atesora la Iglesia barroca de Saint-Roch, en la calle Saint-Honoré. (Pinche en las fotos para ver una ampliación.) En el fresco San Felipe y San Francisco Javier, apóstoles de la India y del Japón, ofician la conversión del eunuco de la mítica Reina. Tal vez no sea inútil recordar que el origen del catolicismo en Etiopía haga de este país el más antiguo de África en materia de esta religión, cuya génesis apostólica recuerda su fundación por San Matías y donde sobreviviera durante siglos, ajeno a Roma, más allá de las fronteras establecidas por el Islam.
Aquí el tema de la conversión, más que místico (como anuncia el pretexto del cuadro), significa la aceptación de los códigos culturales que rigen la sociedad en la que el extranjero ha decidido vivir. Algo que es a la vez necesidad y ardid. Expuesto a su propia bipolaridad cultural, Chassériau no es una excepción en el amplio muestrario de ilustres franceses del siglo XIX, a medio camino entre el continente y ultramar. Uno de ellos, el poeta José María de Heredia, que había nacido en Santiago de Cuba, en el seno de una familia francocubana plantadora de café, se radicó en Francia y escribió toda su obra en la lengua de este país. Heredia se convirtió así en uno de los poetas más célebres del panteón literario francés e incluso en el padre del soneto clásico en esta lengua. Sin embargo, cartas, testimonios y documentos de la época revelan que a pesar de haberse situado en el centro de la creación literaria parisina de finales del XIX, Heredia frecuentaba con particular fidelidad los salones de las familias de franceses del Caribe, como si buscara en medio de éstas el soporte cultural de su propia identidad.
Es muy probable que tales hayan sido también las motivaciones de Chassériau, algo que el eurocentrismo pedante de la crítica de arte francesa pasa casi siempre por alto. Si bien el lenguaje pictórico de Chassériau acepta y se expresa según los códigos dictados por la academia neoclásica y las diferentes escuelas del momento, queda, en manos del pintor, la libertad (tal vez la única) del tema y también la de escoger los modelos humanos que se emparenten con aquella parte de sus orígenes que no puede descartar. Por ello, si miramos detenidamente al eunuco de Abisinia en el fresco citado observaremos la actitud contrastante entre su gesto de pureza al aceptar la nueva religión, las manos extendidas, el cuerpo puro, el paso firme adentrándose en las aguas, por una parte, y la mirada enigmática, con destellos de desafío y escepticismo, por otra.
Tal vez en esa mirada intensa haya concentrado Chassériau todos sus sobresaltos, dudas y por qué no la parte rebelde del espíritu de quien debe acatar como órdenes el bautizo en una nueva cultura. Como en otras obras del mismo pintor el cuerpo del personaje, cuando el tema lo permite, es el cuerpo étnico de sus propios orígenes. El eunuco de Etiopía recuerda más bien el fenotipo caribeño resultado de cruzamientos entre esclavos africanos, aborígenes precolombinos y colonizadores europeos. La posición ondulante de su cuerpo, presto al baño bautismal, es también una evocación de sensualidad caribeña que el pintor utiliza con frecuencia al representar incluso a europeos, de notoria rigidez, en otros lienzos. En este sutil intercambio de valores se manifiesta el convencimiento del artista ante su propia diferencia, ante la evidencia de que, aún aceptado y asimilado por la norma francesa, subsisten en lo más profundo de su ser razones culturales que no encajan en el sistema del que forma y toma parte.
Rastrear en la imagen visual de la ciudad ofrece un vaivén continuo de los sentimientos que han ido configurando sus facetas más misteriosas. En París, tal vez por la arrogante firmeza e indudable excelencia de la homogénica cultura francesa, estos detalles convierten en instantes mágicos las visiones de sus visitantes sensibles. Definirlo puede resulta difícil. La magia, en cambio, la que se opera tan sólo se empuja la primera puerta de la historia de París, flota a cada paso, como una nota de embrujo que se oye sin saber qué hombre ni qué instrumento la tañen.
París, 25 de junio de 2006.
© William Navarrete
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