CORREO DE PARÍS

París por entregas
III. Inmortalidad

William Navarrete

A Roma se le conoce como la Ciudad Eterna. París, en cambio, es la Ciudad Luz. Una amiga que ignoraba todo de la Ilustración, que nunca había oído mentar el Siglo de las Luces, me dijo una vez que estaba muy de acuerdo con el título de París porque nunca había visto una ciudad que tuviera más luces. Lo decía en serio. Y yo, en lugar de rectificarle, quedé pensando que la luz del pensamiento ilustrado daba más brillo eterno a París que cuanta piedra romana refulgiese en el Foro, desde los inicios mismos de la ciudad de los Césares.

Una ciudad es urbanismo y el urbanismo para que valga la pena tomarlo en consideración debe integrar en equilibrio perfecto el trazado de las arterias y el espacio peatonal que propicie la interacción armoniosa de los hombres. París tiene, además de cumplir cabalmente con esta premisa, un sentido visual que en ocasiones, si nos detenemos en un cruce de avenidas y buscamos el horizonte al final de una calle tenemos la impresión de que, en ese justo instante, despegaremos de la tierra para volar al infinito. Tal vez sea ello la razón (o la consecuencia) de que tantos seres ilustres, y otros que no llegaron a serlo, pusieron todo su empeño en establecerse en esta ciudad y comenzar aquí la búsqueda de su propia inmortalidad.

Aburrido sería nombrar a los tantos que se hicieron célebres en París o los muchos que habiendo nacido en esta ciudad quedaron con sus obras, más allá de la muerte, fijados en el tiempo y también en el espacio. Y no reduzco la lista a aquellos relacionados con el ámbito de las artes y las letras, sino que pudiera incluir celebridades de otros medios, de asuntos de la vida cotidiana por ejemplo, que se convirtieron en personas de renombre. Me vienen a la mente el prefecto del Sena, Eugène Poubelle (quien impuso los recipientes de basura y dejó su apellido como palabra reconocida por la  Academia de la Lengua Francesa para designar los receptáculos de desperdicios), o el farmacéutico Auguste Parmentier, quien popularizó en Francia el cultivo de las patatas traídas de América y cuyo apellido aparece en la cocina francesa en un plato (hachis parmentier) a base de este tubérculo.

Para perdurar en el futuro no basta con multiplicar la prole y garantizar numerosa descendencia. La experiencia ha demostrado que los hombres olvidan a sus ancestros más allá de la tercera generación, e incluso, en casos extremos, antes. El afán de perdurabilidad en la memoria colectiva ha ofrecido al mundo héroes, hazañas y actos memorables, muchos de los cuales la Historia, ha hecho, más o menos capitales, según las conveniencias y el momento. La obra personal, individualizada, ha ocupado desde el Renacimiento (y antes, durante la Antigüedad Clásica) el centro de atención de quienes han querido trascender o huir del anonimato. En esas condiciones, la ciudad se me antoja un teatro de interacciones que significa una obra colectiva. En espacios puntuales de la creación, la excelencia del sello personal que aportan determinados ciudadanos hace que éstos sean catapultados a la condición de hombres excepcionales.

Cuando las obras y los méritos resultaban insuficientes, cuando apenas había actos de qué vanagloriarse, cuando no se tenía don alguno para las ciencias o las artes, algunos recurrieron al retrato para que sus rostros perdurasen más allá de sus muertes. La pintura, y desde luego, la escultura, dieron sustento a no pocos artistas gracias al afán de perennidad de aquéllos que por consuelo o narcisismo posaron ante caballetes siendo perfectos don nadies.

Un juego que podría entretener a más de uno, y que a mí me complace mucho, es pasearme por las galerías del Louvre y decidir, para cada cuadro, quién, entre el artista o el personaje real retratado ha sido o es más célebre. El museo, en este sentido se convierte en una trampa. Mientras logremos decidirnos por uno u otro nuestros conocimientos han ganado; pero si no logramos identificar ni al pintor ni al pintado entonces es cuando el museo lanza su estrepitosa carcajada de triunfo. El Museo se burla así de la historia y se despoja de toda solemnidad.

Descubrir en uno de los museos menos visitados de París, el de la Moneda (Hôtel de la Monnaie), los rostros fijados por la prensa laboriosa en las piezas metálicas (medallas y monedas) es una experiencia inolvidable. Observamos, al comenzar el recorrido por las salas numismáticas que sólo los representantes del poder tenían derecho a figurar en los discos metálicos de cambio. Allí están, menos corrompidos que sobre los lienzos, ya que el material es más duradero, los rostros altivos de Catalina de Médicis y Enrique II, (Henri en francés) reyes de Francia, en sendos medallones de cobre, fundidos en 1559 y atribuidos a Germain Pilon.

Enrique II

Tal vez sería interesante recordar que en 1547 se instituyó el oficio de tallador-grabador general de las monedas de Francia. El primero en obtener este puesto fue Marc Béchot, quien, entre otras funciones, era el encargado de suministrar buriles y punzones a todos los talleres del país para evitar que apareciesen interpretaciones caricaturescas o ficticias de los soberanos y otras personalidades. El comienzo de la actividad de este censor oficial coincide con la puesta en circulación del henri, una moneda mucho más pesada que el ecú medieval anterior. El henri era acuñado exclusivamente en París y reflejaba con calidad de factura admirable el busto del rey Enrique II.

El valor documental de las piezas que exhibe el Museo de la Moneda de París es enorme. No pocos personajes ilustres (monarcas, artistas, escritores, pensadores) pueblan las vitrinas de sus salas. No debe olvidarse que para mucha gente de pueblo la única oportunidad de conocer el rostro de un soberano era a través de la imagen representada en las monedas. Se cuenta incluso –aunque de esto no hay prueba alguna– que Luis XVI y María Antonieta fueron descubiertos durante su huida, en la noche de Varennes, gracias a que el hostelero conocía sus rostros por aparecer grabados en los luises.

El siglo XIX democratizó el acceso a este tipo de representación. La consagración del Panteón, en la colina de Santa Genoveva que se eleva en la ribera izquierda del Sena, es tal vez la mejor prueba de ello. Concebido inicialmente por el arquitecto Jacques-Germain Soufflot por decisión de Luis XV que deseaba construir una nueva iglesia de Santa Genoveva en el lugar en que se erigía el antiguo edificio de la orden de canónigos devotos de la santa patrona de París, el edificio fue refuncionalizado y transformado tras la decisión, en 1791, de las autoridades revolucionarias de convertirlo en panteón para atesorar las cenizas de los hombres ilustres de Francia. Para ello, la amplia cripta, sobria y grandiosa, era el lugar idóneo para acoger los restos de estos hombres. Los de Mirabeau y Voltaire (en 1791) y Rousseau (en 1794), fueron los primeros en ser transferidos a la misma.

En 1830, el escultor David d'Angers (1788-1856) dota al frontón actual del edificio de un conjunto escultórico cuyo tema estaba en relación con la función del edificio: La Patria coronando a sus hombres ilustres. Aparecen en el lado derecho La Fayette, Cuvier, Laplace, Fénelon, Berthollet, Bichat, el propio Mirabeau, entre otros. En el lado izquierdo, un grupo de soldados encabezado por Napoleón Bonaparte.

Si he introducido en esta crónica el monumento funerario que es hoy el Panteón ha sido para extender mis reflexiones acerca del criterio de excepcionalidad de los hombres y el reconocimiento público a la labor, en ocasiones desconocida, de los artistas que reproducen, en moldes, sus rostros eternos. David d'Angers, cuya obra se encuentra hoy día fundamentalmente en la antigua abadía de Toussaint, convertida en museo que lleva su nombre en la ciudad francesa de Angers, realizó en ese período (1820-1834) gran cantidad de moldes en yeso (¡más de 500!) para reproducir los rostros que luego se fundían en medallas en el taller de su amigo L. Richard.

George Sand

Parte de esta valiosa colección, que superaría incluso la de no pocos fotógrafos contemporáneos, puede ser admirada hoy en el Museo de la Moneda, en que por orden cronológico se exhiben los medallones del poeta polaco Adam Mickiewicz (1820), Victor Hugo (1828), Johann Wolfgang von Goethe (1829), Théodore Géricault (1830), Joséphine de Beauharnais (1830), Alfred de Musset (1831), Simón Bolívar (1832), George Sand (1833), Niccolò Paganini (1834), entre otros. Tal galería de hombres y mujeres ilustres permitió al artista frecuentar a aquéllos que fueron sus contemporáneos y que deseaban ser inmortalizados en medallones concebidos por el artista.

Sin embargo, la galería de medallones de David d'Angers, como esos cuadros de retratados desconocidos del Renacimiento cuyos nombres se pierden en la oscuridad del anonimato, también incluye hombres que ignoramos por qué vínculo llegaron a ser inmortalizados, al menos físicamente hablando, por los moldes concebidos por el artista.

En la plaza de Tertre, en lo alto de otra colina, esta vez en la ribera derecha del Sena, en el corazón de Montmartre, un grupo de turistas se deja retratar por un pintor ambulante. Son rostros anónimos que ofrece cada día la ciudad. Pasé muy de prisa cerca de ellos y no pude evitar sonreír para mis adentros. Son ellos los personajes que hacen que el Louvre gane tantos en la partida que ambos jugamos; son esos mismos los que no reconozco en los medallones de David d'Angers. También podrían ser ellos los que la Historia volvería célebres un día haciendo que sus cenizas entren en el Panteón de la inmortalidad.

París, enero de 2007.

© William Navarrete

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