CASA DE HUÉSPEDES DE LEBU

Rodrigo Verdugo

Yo nunca he estado allí, o tal vez he estado muy cerca

pero sé que sus ventanas son ahogos de serpientes

fatal es mirar por ellas al atardecer.

Hubo una vez que dos lo hicieron

y vieron que sus propias muertes eran el orgasmo de los árboles.

Abajo estaba el mar, y sobre él, un limbo deshaciéndose

estaba esa transparencia, gracias a la cual sabemos que Dios se estremece.

Ellos miraron al atardecer,

--dos moluscos cauterizando la desesperación--

abajo estaba el mar y más bocas que buscaban

ir a parar a la boca eterna, gritar desde ella, llegar a la orilla,

empezar con el orgasmo de los árboles a remolcar ese limbo

todos esperarán los restos, todos creerán que se trata de un naufragio

entonces verán que a sus pies llegan piedras comunicantes.

«Estas piedras comunicantes se verán muy bien en las mesas», dicen.

«Harán juego como lo hacen las ventanas

con la transparencia que hay allá abajo», dicen.

Los últimos huéspedes fatalmente mirando por la ventana

viendo que en cada ceniza comienzan sus dominios

y no en esas paredes blancas,

en esos largos corredores que muy pronto abandonarán

para ir al encuentro de ese limbo, para volver de él

como dos moluscos, como dos piedras comunicantes.

Ella le da a probar ese limbo, se lo acerca a la boca,

él se sube sobre el cuerpo de ella, volviéndose un ahogo de serpiente

con el paso de la noche son una sola piel

y remolcan el hotel metafísico y enlutan las crispaciones cósmicas,

pero todo pasa tan rápido.

difícil es entonces ordenar el cuerpo en el amanecer desencadenado

si todavía quedan sustancias deseosas insinuando un doble abismo,

si aún no reaparece el guardián de la sal.

Sí, el hotel metafísico que muy pronto tuvieron que abandonar

porque la costumbre de vivir los fue llenando de superficies y de capas.

Yo nunca he estado allí o tal vez he estado muy cerca,

pero cuando dos vuelven del limbo o cuando van a él es tan rápido

como la caída al lavadero de oro, como dos amantes buscándose la boca eterna.

Yo nunca he estado ahí, pero siento a esos muertos y a sus ventanas difíciles

están mirando hacia el mar, recogen un poco de esa nieve ajusticiada,

nos la dejan en nuestras mesas, a la hora en que todos nos reunimos

sin poder mirar más allá de esa extensión que abarca el atardecer

cuando cae como demonio coagulado.

Hoy alguien llegó muy de madrugada, está durmiendo en la otra pieza

será el último huésped, habrá mirado.

Todos creeremos que se trata de un naufragio.

Sé que cuando abramos su puerta

sólo llegará a nuestros pies una súplica de carbón.

© Rodrigo Verdugo

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